Vie. Mar 1, 2024

Por Alejandro Páez Varela

Si alguien dudaba que México vive tiempos inéditos tendría que voltear a ver a la oposición. El PRI, que gobernó el país todavía entre 2012 y 2018, se ha quedado sin derecho a decidir un candidato presidencial en 2024, a menos de que su dirigente, Alejandro Moreno Cárdenas, traicione su compromiso (lo cual no sería raro). El PAN sufre para crear reglas que suavicen su realidad: que al menos en la precampaña se verá obligado a abrirle públicamente la puerta a representantes de Carlos Salinas o de Claudio X. González, y es apenas una muestra de los intereses que debe conciliar. Y lo que queda del PRD simulará que hace propuestas para la candidatura presidencial aunque todos sabemos que se conformará con que, por su insignificancia, no lo echen de la alianza de derechas. Tiempos inéditos, sin duda.

Después de que Morena se adelantara con el proceso interno y sus precandidatos se echaran a recorrer el territorio nacional, es momento de la oposición para mostrar que puede organizarse y ponerse reglas. Aunque el PAN lleva mano, la periodista Jannet López Ponce revelaba en Milenio, el viernes pasado, que se ha acordado una “primaria ciudadana” para sacar candidato opositor con un “mini INE” que conducirá los trabajos. Este grupo incorpora a personalidades que representan a élites muy bien definidas. Por parte de los grupos que se autodenominan “sociedad civil”, María Elena Morera y Mariclaire Acosta; de los grupos intelectuales y académicos están Guillermo Sheridan y Sergio Aguayo, y de los aparatos electorales salen Leonardo Valdés Zurita, María del Carmen Alanís, Antonio Baños, Arturo Sánchez, Rodrigo Morales, Teresa González Luna y Rosa María Mirón. Es decir, la candidatura de la derecha se decidirá con reglas que le impongan las élites. Era de esperarse. Élites que la izquierda acusa de tramposas.

Pero no será tan fácil, incluso para ese grupo, decidir las reglas para elegir candidato o candidata. Por más libertad que se les ofrezca para hacerlo, deberán acomodar criterios que ajusten a su realidad. De entrada, la metodología deberá servir como filtro. Pongo tres precandidatos del PAN, aunque hay más: Santiago Creel, Xóchitl Gálvez (quien recientemente nos dijo en Los Periodistas que razona competir la presidencial) y Lilly Téllez. Por más que quieran otra cosa, no le pueden cerrar las puertas a Creel porque es el dueño de la estructura panista; tampoco a Xóchitl porque será quien represente los intereses de esa “sociedad civil” de la que tanto hablan. Pero con Téllez la cosa se les pone más complicada: ¿cómo detener a un personaje que representa lo más radical de la derecha, pero que al mismo tiempo tiene las mayores preferencias?

Lilly Téllez, quien es la mejor posicionada entre ellos para las presidenciales, cristaliza las tantas paradojas del bloque forjado por intelectuales, académicos, periodistas y la élite empresarial. Es la encarnación del cúmulo de contradicciones nuevas y viejas que sufre la derecha, pero a la vez representa las oportunidades que se abrieron con la formación de Va por México. ¿Cómo excluirla, aún cuando simboliza las posiciones de una derecha rancia, si es la que mejor califica en las encuestas?

Para empezar, la Senadora sobrevive con la izquierda como boya salvavidas. Su nacimiento político se dio dentro de la izquierda y después de renunciar a Morena se ha crecido atacándola y atacando al Presidente de izquierdas. Aprendió pronto que la estridencia es, en ese grupo de electores, más efectiva que las ideas y se creció sin control alguno. Y esto la explica a ella en lo personal, pero también explica qué son los panistas, priistas, perredistas y las élites, que han dado prioridad al ruido por encima de los proyectos. Como ya he escrito y he dicho muchas veces, y como es ampliamente reconocido incluso por ella (“El solo voto antiAMLO no nos alcanza para vencer al monstruo, el reto es mayor”), se unieron en el odio contra López Obrador, pero el odio no sirvió para crear un proyecto de Nación en todos estos años.

Téllez se vuelve otro caso de estudio en la histórica ambigüedad de la derecha, que reduce los valores de la democracia y el pensamiento liberal para sobreponerle vetustas tradiciones católicas. Habla de una “derecha moderna” y a la vez describe viejas consignas conservadoras: el rechazo al aborto, por ejemplo; o cuando cita el desarrollo de la “persona humana” –como lo hace el PAN– para potenciar el individualismo y de manera explícita reconoce una “persona espiritual” que rige sobre todas las cosas. Esas ideas siempre van acompañadas de otras cero modernas: el rechazo al uso del condón, o a las políticas públicas de género, sólo por citar.

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La mejor precandidata de la derecha es un retroceso incluso para una fuerza de por sí retrógrada: Manuel Gómez Morín rechazaba a mediados del siglo pasado que los poderes y las ideas del catolicismo se involucraran en la política. Pero resulta que a los electores de derechas sí les agrada Lilly Téllez y, por lo que dicen las encuestas, esos mismos electores se separan del fundador del PAN. Y resulta que les agradan los discursos que rechazan a los pobres y a los indígenas y se abrazan a la ideología de clases (no por nada los güeros de “buenas familias” son precandidatos “naturales” en la nacional o para la capital mexicana: Creel o Santiago Taboada). 

En la teoría, los académicos e intelectuales son refractarios a esas ideas de derecha; pero con Lilly Téllez se enfrentan a una disyuntiva que no sólo es atribuible a ella: o ganar votos con discursos estridentes o encontrar a alguien que represente los intereses de todos. No sé si la Senadora gane una elección, pero lo que sí sé es que ella representará perfectamente a un sector combativo de la ultraderecha; no se si ella es la mejor candidata, pero sin duda es la que mejor transmite lo que piensa la derecha. ¿Qué hará el “mini INE” con el dilema Lilly Téllez? Por otro lado, no creo que ignoren que ese bloque que ayudaron a formar es el que aglutina a la gente como ella o como Gabriel Quadri o como aquella pobre mujer, llena de odio, que le gritaba a López Obrador “indio patas rajadas”. Es su hechura. Pero ahora deben resolver, meterle método, establecer reglas.

El bloque opositor es una ensalada ideológica que no se resolverá con una candidatura porque, por más que le busquen, nadie los representa a todos. La lógica diría que, entonces, queda descartado que en 2024 lleven por delante a un individuo con marca ideológica, a pesar de que el movimiento de izquierda que los enfrenta es, les guste o no, un movimiento con ideología. Entonces el “mini INE” tendrá que crear reglas para impulsar a alguien que represente… ¿qué? Dirán esto: alguien que represente a los ciudadanos. Pero las élites son grupos de interés que no representan a ciudadanos; que se sirven de los ciudadanos, sí, pero no los tienen como prioridad. ¿Entonces?

Es el momento de la oposición pero es un momento complicado. Lo que parecía una gran idea, unirse en un mismo frente, ahora es su más grande escollo. Buscan a un candidato que represente a las élites, pero a la vez que no esté comprometido políticamente o ideologizado y que aparente ser ciudadano. Esa fórmula le ha funcionado bien a Claudio X. González: aparentar que es ciudadano y representar a las élites privilegiadas. Pero entonces, de facto, no puede ser Creel porque representa a una estructura partidista en particular; no puede ser Lilly Téllez porque representa a un sector demasiado radical de derecha y no puede ser Xóchitl Gálvez, porque no los representa a ellos, o no a todos ellos. Y sólo hablo de tres de los aspirantes ligados a uno solo de los partidos: el PAN. Faltan ver lo que sucede en las tripas del PRI y del PRD, y en el frente que controla Claudio X. González, etcétera.

Va a ser divertido ver desde afuera cómo deciden lo que decidan. Desde adentro, me temo, será un parto con complicaciones y quizás su bebé no tenga ojos azules y cabello güero, como la mayoría de ellos desearía.

SinEmbargo

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Un comentario en «El momento de la oposición»

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