Vie. Feb 23, 2024

Por Gibrán Ramírez Reyes

La de ayer fue una movilización sumamente atípica, difícil de clasificar. Convocada como una marcha, tuvo la fisonomía, según lo dicho por Arturo Cano, de una gran parada –en medio de la cual desfiló al Zócalo el presidente. Aunque fue sin duda muy numerosa, no logró llenar la plaza, por una mezcla de mala organización, desidia de los movilizados (los del SNTE, por ejemplo, hicieron su recorrido y se marcharon sin esperar ningún discurso) y las represas generadas entre los ríos humanos por la espera del paso del presidente –las cuales hacían pensar, en cada caso, que ahora sí el camino hasta el Zócalo se encontraba totalmente taponado. El gobierno de la Ciudad de México calculó la asistencia de más de un millón de personas, pero la ansiada foto del río de gente fluyendo con pocos espacios desocupados desde el Zócalo hasta el Ángel no se presentó esta vez.

Aunque hubo una operación conjunta del más rico de los partidos mexicanos con los tres órdenes de gobierno, sería mezquino decir que se trató únicamente de una movilización de acarreados (y, debo decir, lo era también durante el viejo régimen, cuando se descalificaba todo corporativismo desde la izquierda y la derecha). Sería más exacto decir que se representó el bloque en el poder. Hubo una enorme dosis de interés del personal político: asistieron desde financiadores millonarios y políticos encumbrados al frente de sus contingentes, hasta miles de funcionarios y representantes de todo el país que se movilizaron y se hicieron visibles. Hubo también un acarreo masivo de decenas de miles de trabajadoras y trabajadores públicos que fueron movilizados sin que su voluntad fuera consultada (pues se trata, a fin de cuentas, de su trabajo). Y asistieron, también, los devotos de San Andrés, realmente esperanzados en el hombre, con una fe a prueba de estadísticas, evidencias periodísticas, años de gobierno.

Paradójicamente, los cuatro años celebrados pasaron inadvertidos para el núcleo duro del obradorismo. Las consignas, siendo las mismas de hace años, cambiaron radicalmente su significado. La más repetida fue que es un honor estar con Obrador, lo que resultaba disruptivo desde la izquierda y desde la oposición. Lo explico: el honor y la gloria han estado cotidianamente reservados a los poderosos, por eso los militares se saturan de medallas y reconocimientos, los presidentes tienen distintivos y símbolos de poder, bandas presidenciales y reciben saludos y honores institucionalizados todo el tiempo; de modo que decirlo desde la calle y la oposición significaba rebelarse ante un sistema de valores impuesto y simulador. Decirlo al poder significa alinearse y obedecer. En esta ocasión, a diferencia de entonces, militares y devotos coincidirán: qué gran honor estar con Obrador.

Finalmente, aunque la movilización se convocó desde la herida del discurso presidencial por la manifestación en defensa de la autonomía del INE, no hubo una fuerte reivindicación pública por su parte de la iniciativa en materia de reforma electoral. De hecho, en las calles y en el discurso, la reforma al INE tuvo un lugar tan protagónico como la señora racista que detesta a los indios. Para su público, la narrativa presidencial es tan importante como las reformas constitucionales. La marcha, de autoconsumo y útil como objeto de análisis sociológico, no altera nada relevante en la correlación de fuerzas ni en el momento de declive del sexenio.

MÁS DEL AUTOR: 

Un comentario en «Desfilar desde el poder y la devoción a San Andrés»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *