Lun. Feb 26, 2024

Por Alejandro Páez Varela

Felipe Calderón entró a la Cámara de Diputados por la puerta trasera. No todos lo recuerdan; muchos sí. Antes, en las primeras horas del 1 de diciembre de 2006, había asumido el control de las Fuerzas Armadas y de la Policía Federal y, según diría después en una entrevista, estaba dispuesto a usarlos contra sus opositores. Claro, los que le gritaban “espurio” eran odiadores. Y claro, los legisladores que lo recibían con rechifla habían sido burlados por él, con esa entrada vergonzosa, y lo celebraba. 

Así empezaba un sexenio imposible de borrar. Un sexenio donde una escena de horror más brutal sepultaba a la anterior. Del fraude electoral transitamos a la guerra fratricida. Televisa y TV Azteca transmitieron telenovelas mientras el país se iba al abismo. Pero el diablo no estaba en la Residencia Oficial: el diablo eran los otros: los que marchaban, los que protestaban, los que reclamaban un país para todos; los que se habían organizado en resistencia; los que empujaban desde afuera las puertas de las oportunidades que se habían cerrado desde adentro.

Calderón brincaba de una chapuza a otra más grande. Había apoyado la creación del Fobaproa como legislador; se había otorgado un crédito de 3.1 millones de pesos de Banobras durante su breve paso por esa institución; había dado contratos a su cuñado, Diego Hildebrando Zavala, cuando fue titular de la Secretaría de Energía. Y luego se apropió de la Presidencia con ayuda de los poderes de facto: autoridades electorales, grupos empresariales, la gran prensa corporativa, banqueros, el PRI y su partido –por supuesto– Acción Nacional. Impuso la narrativa del “fraude patriótico” y del “ladrón bueno”: su filosofía del “haiga sido como haiga sido” fue el aceite que engranó su Presidencia.

Para tratar de borrar su origen ilegítimo, la guerra. El 11 de diciembre de 2006 se pone el traje verde olivo y se lanza con soldados a distintos puntos de Michoacán. México entraba, de la mano de Calderón, a un conflicto armado que continúa hasta hoy. Miles y miles de muertos y desaparecidos; miles y miles de personas perderían su casa, su familia, la vida. Miles y miles dejarían sus pueblos en un desplazamiento forzado por la violencia que no se había visto desde la Revolución de 1910. Un horror más poderoso para tratar de borrar el anterior. Si en la campaña de 2006 se decía contra Mario Marín –es apenas un ejemplo–, nada más se hizo de la Presidencia lo abrazó por objetivos políticos. Si como candidato se ufanaba de tener las manos limpias, como Presidente no tuvo rubor en manchárselas de sangre y represión. Persiguió opositores, aplastó periodistas que le parecieron incómodos. Y metió a prisión a los que denunciaron a su hijo favorito, el que gobernó México con su autorización: Genaro García Luna. De horror en horror.

Y luego, sin más, abrazó al PRI y ayudó a que Enrique Peña Nieto llegara a la Presidencia aunque significara traicionar a Josefina Vázquez Mota, la candidata de su propio partido; aunque significara violentar a los mexicanos y aunque todos supieran, y él también, lo que significaba regresar a la banda de ladrones al poder.

Vi el viernes a Xóchitl Gálvez salir por una puerta trasera de un evento en Nueva York. Me recordó todo aquello. Vi su burla, el señuelo para evadir a los que protestaban en la calle. Me regresó años atrás. Volví a Felipe Calderón y se me puso la piel chinita. Y luego la vi acusar a los migrantes de odiadores y luego hacer como que no pasa nada. Todo bien: ella en bicicleta. “Obviamente hubo a quien no le gustó que yo estuviera aquí; protestaron llenos de odio, de coraje, de rencor”, dijo. Escuché a Felipe Calderón y luego recordé que una parte de los asesores del expresidente está con ella. “Esta división no abona a nadie”, agregó. Y vi que era Calderón el que hablaba.

Y antes de las protestas, vi el video donde pide al Presidente López Obrador que “limpie su nombre” de las acusaciones de la DEA, cuando ella no ha podido explicar cómo, mientras era funcionaria pública, amasó millones y millones con sus empresas. Es hija, me dije, del “haiga sido como haiga sido”. Y Televisa y TV Azteca, mientras los migrantes la repudiaban, pasando telenovelas o transmitiendo programas de noticias que son más dañinos que las telenovelas.

Y antes la vi rogándole a Alejandro Moreno, en un acto con priistas, un “haiga sido como haiga sido”: “Yo les quiero decir que los necesito en la calle, su experiencia y la fuerza de ‘Alito’ porque, ¡vaya que es un cabrón!”. Normalizando el fraude. Normalizando la anomalía y haciéndose la chistosa. “Un cabrón”, dijo, como dice que ella es “chingona”. Querrá decir un ratero. El mismo mensaje de Alejandra del Moral a los priistas de Edomex: “Tomen su lugar en la batalla y hagan lo que saben hacer, para bien o para mal; queremos constancia de mayoría, no de buena conducta; salgan y ganen la elección”. La misma cultura de la chapuza. El mismo espíritu antidemocrático de ella y de quienes la rodean.

Y quiénes la rodean: Claudio X. González, quien se asume la cabeza de una supuesta e inexistente “sociedad civil” y opera desde los sótanos. Y Lorenzo Córdova, quien ayudó a construir esa falsa “sociedad civil”, simuladora, que engaña familias y pelea por la chistosa democracia que se acomoda a los deseos de su bolsillo. Y Max Cortázar, constructor de mentiras, corruptor de periodistas y de medios. Y los líderes panistas más vulgares, deshonestos e ineficientes que se tenga memoria. Y José Angel Gurría, uno de los padres del neoliberalismo mexicano, culpable de que la desigualdad se profundizara en las últimas décadas. Y tanto odiador a quienes debe su candidatura y de ellos se rodea, sin empacho, sin un gramo de vergüenza.

Pero los que odian son otros. Xóchitl menosprecia a los que protestan y que son los que resistieron años atrás a Calderón, y ahora se resisten a ella. Son los que se vieron obligados a migrar por falta de oportunidades y ahora están organizados en la resistencia allá, lejos, en Nueva York. Son los que aborrecen a sus verdugos y levantan un puño para denunciarlos. Son los hijos de nadie, los más dignos: los que se paran temprano y en la noche siguen cantando. Son los que disfrutan cada conquista porque les ha costado sudor y lágrimas, no contratos con gobiernos. Son los que no se enriquecieron con puestos públicos y siguen creyendo y luchando.

Xóchitl Gálvez salió en Nueva York por una puerta trasera y todavía no lo sabe pero no se olvidará, se los aseguro. Y como ella es una copia de Calderón, mañana, si pudiera, apretaría el puño contra ellos para intentar destruirlos porque protestan, porque la rechazan. Si pudiera, como lo hizo Calderón, se lanzaría contra ésos otros que no son como ella, que no están junto a ella. Porque Calderón o Xóchitl son lo mismo. Uno se impuso con fraude y la otra pide a “Alito” y a los que tienen las mismas mañas de “Alito” que recurran a las mañas de cabrones y la hagan Presidenta. El “haiga sido como haiga sido” como bandera, abierta y descarada.

Ojalá recapacitara. Le sería menos amargo dejar el odio y reconocer que esos que la detienen son en realidad millones que dijeron basta años atrás. Ojalá recapacitara porque pronto se encontrará con la oportunidad de mostrar nobleza y separarse de Calderón. Si todas las encuestas están en lo correcto, tendrá la oportunidad de salir por la puerta principal, sin capucha y sin señuelo, a reconocer que ha perdido frente a esos a los que llama “odiadores”. No es una oportunidad menor la que se le abre a Xóchitl. Ojalá lo entienda. Ojalá se deshaga de tanto rencor y deje solo a ese hombre maligno en su madriguera de odio, desde donde grita y manotea porque sueña con volver y engañar. Sería un gran cambio.

Ojalá entendiera que esos a los que rechaza son los millones y ya se compraron la idea de que pueden protestar cada que les viene en gana por el regocijo de ser quienes son: gente sin disfraz y feliz de cumplir, más lentos pero con esfuerzo digno, cada uno de sus sueños.

SinEmbargo

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