Mié. Feb 28, 2024

Por Alejandro Páez Varela

Me resulta fascinante que, más de cien años después, el Presidente Francisco I. Madero siga repartiendo lecciones a quien quiera entenderlas. Sobre todo esas que él no acató y que acabaron con sus sueños. Si alguien quiere aprender sobre la traición, sólo tiene que revisar su biografía: en ella se consolidan todas sus acepciones y sinónimos: la deslealtad, la alevosía, la infidelidad, el engaño, el complot, la maquinación, la conjura, la vileza, la infamia, la insidia y la ingratitud. Si Madero hubiera sobrevivido a la Decena Trágica habría podido escribir, por experiencia propia, el mejor tratado sobre la traición del siglo XX.

Madero sufrió la deslealtad de muchos que dijeron respetarlo y admirarlo; padeció la actitud alevosa y revanchista de quienes lo odiaban, se agazaparon y luego le dieron el manotazo; fue víctima del complot de los más infames, insidiosos, viles e ingratos, y al final pagó con su vida. Sufrió dos golpes en los que tuvo algo o mucho que ver: uno militar, como nos cuenta la historia, por haber dado margen a los generales porfiristas que lo aborrecían; pero también fue víctima de lo que ahora conocemos como “golpe blando”, cuando los poderes de facto agazapados y los que él mismo alentó se confabulan para derrocarlo. En la figura de Victoriano Huerta suele recaer gran parte de la culpa por el atentado armado contra un Gobierno democráticamente electo, y algo cae también sobre la prensa. Pero no fueron las únicas herramientas de los golpistas. Los caminos que llevaron a su derrota fueron aplanados incluso por los partidos que lo postularon, que apenas ganaron las elecciones se le volvieron en su contra para perseguir sus propios intereses.

Un ejemplo contemporáneo para explicar la pérdida de apoyo de Madero –antes de su asesinato– puede encontrarse en el Partido Verde. Enrique Peña Nieto podría escribir la historia –si escribiera, que lo dudo– de cómo el Verde le dio la espalda apenas lo notó desvencijado. Así lo hicieron varias de las organizaciones políticas que ayudaron en la elección de Madero. El Verde ha brincado de un Presidente a otro con un vulgar pero efectivo instinto. Parásito del sistema político mexicano, refinó el arte de los chapulines y suele brincar del lado de los ganadores sin importar ideologías, proyectos de Nación o principios. Cuando se dieron a conocer los primeros resultados de la elección intermedia de 2021, su líder, Manuel Velasco, dijo que analizaba dejar la alianza con Morena. Luego midió bien y reculó, pero dejó ver su instinto.

La nobleza, que algunos ven como una debilidad, llevó a Madero a cometer muchos errores a la hora de medir a las personas. En 1911 –ejemplo–, después de la toma de Ciudad Juárez, le salvó la vida al general porfirista Juan J. Navarro, a quien Pascual Orozco y Francisco Villa querían llevar a los tribunales militares por las ejecuciones sumarias en la batalla de Cerro Prieto; Madero sembró encono en el primero y casi pierde la lealtad del segundo sin tener necesidad de ello. Su deseo de mantener la unidad a costa de lo que fuera terminó lanzándolo contra los que le reclamaron que incumpliera sus promesas. Madero atacó las fuerzas de Emiliano Zapata por pedir tierra y libertad, y se la jugó con otros que le hicieron cosquillas, pero que en realidad esperaban la oportunidad para derrocarlo.

Un caso que puede ayudar a acomodar las lecciones de Madero en el presente es el de Germán Martínez Cázares. En mayo de 2018 publicó un texto en la revista Nexos que llamó “¿Por qué apoyo a Andrés Manuel?”. En él cuenta cómo el candidato de la izquierda le ofreció la Fiscalía General de la República. “Una y otra vez insistió. No le importó todo el pasado. Ni mi desempeño en la campaña electoral de 2006, donde litigue el reconocimiento a la victoria de Felipe Calderón; ni mis gritos en la plazas públicas de todo México con aquel estribillo estridente del ‘peligro para México’. Mientras en el PAN se cocinaba una alternativa con mohínas, enfados y rencores, Andrés Manuel me tendió la mano. Mientras en el PAN fracasaba con mis iniciativas, Andrés Manuel me buscó perseverante”, dice.

—¿Sabes por qué te invité a ser Fiscal General de la Nación? Porque Bernardo Bátiz me platicó un día que Manuel Ávila Camacho invitó a ser Procurador de la República a Manuel Gómez Morín –le dijo AMLO a Martínez Cázares, ahora un conspirador de la derecha, plurinominal del PAN.

La pregunta no es qué hubiera pasado si un traidor queda como Fiscal, sino por qué López Obrador lo consideró para tal cargo. Yo creo que fue por una cierta nobleza maderista que le sale del alma (¿de dónde más?) y no le permite medir a las personas. Como Madero, López Obrador quiere a veces creer en las personas y no termina de ponerlas a prueba cuando ya las abrazó. Hay varios casos así.

Un caso paradigmático es el de Ricardo Monreal. Hace apenas unas semanas me contaron a detalle cómo había operado, en Zacatecas, contra la campaña de Cuauhtémoc Cárdenas; eso sucedió más de dos décadas atrás. Ya lo escribiré más adelante. Desde entonces, él y su familia han operado básicamente para ellos sin importar que, en el camino, tengan de apuñalar a los amigos. En 2021, Monreal operó contra Claudia Sheinbaum, para no ir tan lejos, con enormes consecuencias para el proyecto de izquierda en la capital, incluyendo la no ratificación de la Fiscal Ernestina Godoy en un Congreso local dividido por las operaciones del zacatecano.

Victoriano Huerta lloró en el puerto de Veracruz en 1911 cuando vio partir al dictador Porfirio Díaz. Cometió genocidio contra los yaquis en Sonora, indígenas como él, y llevó a cabo una campaña militar de exterminio contra los zapatistas que habían hecho posible el Gobierno de Madero, al que Huerta servía. Pero Madero puso en sus manos el Ejército y yo me pregunto, muchas veces, qué lección no se aprendió cuando se le entregan posiciones a los Monreal.

En 2017, millones de mexicanos tuvimos asco por el fraude contra la maestra Delfina Gómez que encabezó el entonces Gobernador Eruviel Ávila. El Partido Verde fue en alianza ese año con Alfredo del Mazo y sus votos fueron definitivos para que el PRI conservara esa gubernatura y retrasara la transición democrática seis años más. Ahora Eruviel es parte de la izquierda y quien lo metió fue el Partido Verde. ¿Nadie entendió nada? ¿Y el vómito que nos generó el fraude de 2017? Qué, ¿perdón y olvido y a votar por él en 2024?

Además del Verde, el PES apoyó a Del Mazo y privó a la gente de su deseo de un cambio democrático. ¿Nadie en Morena entendió? ¿Por qué le da respiración de boca a boca si ha sido un partido traidor de derechas que se habría muerto en 2024 si no lo rescatan? La derecha es la derecha, debería entenderse, como Huerta es Huerta. Y no hay nunca manera de justificarla. Zazil de León, candidata de la izquierda en Chiapas, es gente de Eduardo Verástegui, es decir, es socia de la ultraderecha. ¿Qué no lo vieron? ¿Dónde creen que estarán sus lealtades cuando sea el momento? Cien años antes se estaría saboreando el cuello tierno de Madero.

Poco después del asesinato de Madero, el usurpador Victoriano Huerta revivió al militar porfirista Juan J. Navarro y lo hizo general de brigada a cargo de la comandancia militar de Colima. Después, cuando el dictador necesitó un Congreso a modo, hizo Senador a Navarro. Desgraciadamente Madero pagó el error con su vida, pero uno se pregunta si esa inmolación no fue suficiente para entender que si se ríe como hiena y camina como hiena y come carroña como hiena, ¿no deberíamos considerar a Eruviel lo que es: una hiena?

Por fortuna Germán Martínez no llegó a la Fiscalía y Morena se desistió de su alianza con Jorge Hank Rohn después de la presión de la militancia, pero pienso que por respeto a la memoria de Madero o por la lección que dejaron sus errores debería existir el mecanismo interno en la izquierda para detectar a tiempo y frenar a las hienas antes de que sea más difícil extirparlas. Porque a este paso, qué sigue: ¿hacer titular de Fiscalía Especial para la Atención de Delitos cometidos contra de la Libertad de Expresión a un agresor de periodistas como Adrián Ruvalcaba?

Lea usted con atención este párrafo:

“Estoy plenamente seguro que el juicio de la historia le pesa muchísimo a Andrés Manuel. Los presidentes que sólo gobiernan para ‘el hoy’, para salir en el noticiero de la televisión, pierden la perspectiva trascendente de sus actos. Andrés Manuel mide sus palabras, sus gestos, sus invitaciones; pero al mismo tiempo atiende, no es arrebatado, es afectuoso. Y claro que tiene un potente liderazgo. ¿Apiñará indebidamente el poder? No puede. Será Presidente de una República, y ésta es la negación al Gobierno de un sólo hombre. La República, obra juarista por excelencia, vive en la división de poderes, en los contrapesos y en la rendición de cuentas. Sin embargo, hago mías las palabras de uno de los mejores amigos de López Obrador y fiel seguidor, José Agustín Ortiz Pinchetti, hombre prudente y honesto que sostiene, ‘la concentración de facultades y funciones podría dar origen a un rasgo negativo que sería el culto a la personalidad, respecto del cual habría que estar alerta’. De cualquier Presidente habría que estar alertas. Estoy seguro que Andrés Manuel llegará, ejercerá y abandonará el poder con regularidad republicana”.

Lo escribe en 2018 Germán Martínez, a quien López Obrador hizo titular del IMSS apenas inició su mandato; el mismo que el día de hoy grita que que el Presidente no es juarista y republicano; el que dice que no abandonará el poder, sino que estará detrás de Claudia Sheinbaum. ¿Valía la pena aprender a golpes quién era y quién es este individuo que ladraba como panista, dirigió al PAN y volvió al panismo apenas se le abrió al oportunidad?

Me resulta fascinante que Madero siga repartiendo lecciones a quien quiera entenderlas. Pero son lecciones desde la derrota. La izquierda debería aprender de ellas. Debería entender que Ricardo Salinas Pliego no es amigo aunque sonría de oreja a oreja cuando se sienta en privado; que Germán Larrea no es buena persona aunque transmita miles de veces, en sus cines, que tiene un “Tren de la Salud” que nadie que yo conozca ha visto. Debería entender que el Partido Verde es un parásito que abandona el cuerpo de sus víctimas apenas lo ve descomponerse y que las traiciones son reales, suceden, y se gestan en la benevolencia del traicionado.

En 1973, un joven idealista filmó Los Traidores, película que cuenta la historia de un líder obrero acomodaticio que terminó sirviendo a la dictadura de Argentina. Perseguido por Luis Echeverría en México (por una película que vio los cines muchos años después), acosado por todos lados, Raymundo Gleyzer filmó en la clandestinidad otro documental: Ni olvido ni perdón: 1972, la masacre de Trelew, que cuenta el fusilamiento a mansalva de 19 presos políticos de izquierda en su país. 

En 1976, Raymundo Gleyzer volvió a su tierra, Argentina. Cometió un error fatal. La dictadura, que él mismo había estudiado y denunciado, lo hizo preso y desde entonces está desaparecido.

Las consignas están allí por algo. “Porque vivos se los llevaron, vivos los queremos” es una. La otra es lapidaria: “Ni perdón ni olvido”. Y es una consigna con la que se nace dentro de la izquierda. Nadie, absolutamente nadie debería olvidarlo.

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2 comentarios en «Ni perdón ni olvido»

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