La Gran Huelga que cambió la historia de Saltillo

abril 16, 2024
minutos de lectura

Por Ana Castañuela y Arturo Rodríguez

El 16 de abril de 1974 los trabajadores de las empresas Cinsa-Cifunsa se fueron a huelga. Permanecieron en paro durante 49 días en los que la vida de Saltillo –sus barrios y comunidades– se vio trastocada por completo.

Por entonces la ciudad tenía poco más de 100 mil habitantes y la familia López del Bosque, liderada por los hermanos Isidro y Javier, era la más acaudalada e influyente.

Los López del Bosque, mediante las empresas del Grupo Industrial Saltillo (GIS), empleaban a unos 10 mil trabajadores. De acuerdo con datos poblacionales de la época, las familias estaban integradas ese año por cerca de siete miembros en promedio, por lo que más de 60 mil personas, 60% de la población, dependía de ese grupo familiar, empresarial e industrial. 

Ante el hecho de que la mayoría de las actividades económicas de la ciudad dependía del GIS, el poder de los López era hegemónico: dominaban la vida económica en estrecha relación con la Iglesia, estaban presentes en la vida educativa y cultural de la entidad y la clase política se rendía a sus pies.

En el contexto de la efervescencia de grupos con alguna orientación ideológica de los años setenta, las malas condiciones de trabajo y los bajos salarios fueron configurando un movimiento obrero.

Apenas un año antes, en abril de 1973, los universitarios habían conquistado la autonomía de la universidad pública. Su movimiento, si bien pacífico y prácticamente exento de represión, mantenía un activismo entre grupos de izquierda formados desde la Prepa Nocturna, las escuelas de Economía, Arquitectura y Trabajo Social; además, la Corporación de Estudiantes Católicos había fundado la Prepa Popular en las aulas de Ciencias Químicas, uno de sus bastiones.

Pero eran los grupos de izquierda, señaladamente el de la Prepa Nocturna, cuyo dirigente era José Guadalupe Robledo, los que llevaban varios años volanteando en los desfiles del 1 de Mayo y a las puertas de las factorías repartían su periódico Venceremos. Ellos, los de la Prepa Nocturna, en el desarrollo del movimiento de autonomía, habían estrechado relaciones con la clase trabajadora.

La huelga por lo tanto involucró a toda la ciudad y, para historiadores como Jorge Arturo Estrada, marcó un cambio en las relaciones del trabajo, fracturó el cacicazgo de los López del Bosque e hizo posible el desarrollo que años después se conseguiría con el arribo de la industria automotriz.

Sin embargo, salvo por artículos periodísticos y testimoniales conmemorativos cada aniversario, la única investigación histórica ha sido realizada por el propio Jorge Arturo Estrada.

“Ningún historiador oficialista ni académico registró para la historia la huelga Cinsa-Cifunsa, seguramente para no incomodar a la patronal”, dice José Guadalupe Robledo.

Este año El Coahuilense Noticias ha proyectado para la memoria de ese movimiento una serie de trabajos que se inician este 15 de abril con una primera oferta informativa novedosa vía Facebook: a partir de ese día y hasta el 3 de junio, el grupo de dicha red social, llamado “La Gran Huelga”, emitirá informaciones sobre lo que ocurría cada día en la huelga como si actualmente fuera 1974.

Inspirado en el proyecto “A 50 del 68”, que dirigió el periodista Homero Campa Butrón en 2018 para conmemorar el medio siglo del movimiento estudiantil que terminó en la masacre de Tlatelolco (inspirado a su vez en “1917. Free History”, una plataforma que recuperó el día a día de la Revolución Bolchevique), en El Coahuilense Noticias emitiremos noticias diarias con el propósito de recuperar la memoria de este movimiento histórico. De igual manera con estas entregas rendimos tributo a don Antonio Estrada, director de El Independiente, y a Jesús López Castro, de la XEKS, los medios de comunicación que dieron voz a los trabajadores y sufrieron consecuencias por hacerlo.

El proyecto se basa en los testimonios de personalidades de la época, así como en los escritos de José Guadalupe Robledo, Salvador Alcázar, Jorge Arturo Estrada y Manuel Camacho. Implicó una serie de consultas en el Archivo General de la Nación, realizadas por los historiadores Diana Ávila y Raúl Pérez, respectivamente, de donde se obtuvieron los informes tanto de la Dirección Federal de Seguridad como de la Dirección de Investigaciones Políticas y Sociales, dos cuerpos de la policía política de la Secretaría de Gobernación. 

Además, se recuperó material fotográfico, y los autores del presente texto realizaron consultas en la hemeroteca del Archivo General del Estado y del Archivo Municipal de Saltillo. 

El acopio de información, selección de materiales y publicación ha implicado la participación de estudiantes de la Universidad Autónoma de Coahuila (UAdeC), invitados al proyecto por gestión del secretario general de la Máxima Casa de Estudios, Víctor Manuel Sánchez.

El conjunto de los trabajos se llama “La Gran Huelga. Cinsa-Cifunsa 1974” y en la primera entrega que lanzamos hoy, con información cotidiana, puede encontrarla en la página de El Coahuilense Noticias en Facebook, en el grupo “La Gran Huelga”.

LA ASAMBLEA DEL 3 DE ABRIL

Los informes de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) consultados registran que el Frente Auténtico del Trabajo (FAT) había realizado una discreta penetración en la base obrera de Cinsa –la empresa más antigua del Grupo, dedicada a la producción esmaltada de peltre y artículos de línea blanca–, así como de las dos plantas de Cifunsa, la compañía más importante de los López del Bosque, enfocada en la producción de insumos estratégicos para industrias como la automotriz. 

Sin embargo, los propios informes de la DFS revelan que el movimiento se configuró con un liderazgo ajeno a los mencionados grupos y su desarrollo se concentró en las demandas laborales.

Todo se inició semanas antes, con la negociación del contrato colectivo de trabajo. El 3 de abril de 1974, en asamblea, el secretario general del sindicato, Margarito Carranza, anunció que se había firmado el contrato a satisfacción, violando así el compromiso de someter las condiciones laborales asentadas en dicho documento a votación de los trabajadores. 

La asamblea fue un hervidero y Salvador Alcázar, un joven obrero de 23 años, que llevaba apenas seis meses trabajando, tomó la palabra para proponer que se desconociera la firma del contrato y se destituyera a los “charros”. La propuesta fue aclamada y, para cuando alguien preguntó “¿A quién elegimos?”, alguien dijo “al que acaba de hablar” y fue así como Alcázar asumió la Secretaría General del sindicato.

El entusiasmo rebasó a la Confederación de Trabajadores de México (CTM), que lideraba Gaspar Valdés Valdés. Y a partir de ese día las posiciones se radicalizaron: por un lado, los trabajadores insistían en un incremento de 35% o la huelga; por la patronal, se cerró la puerta a la negociación y se publicaron desplegados en los que se denunciaba la injerencia de grupos externos con fines desestabilizadores.

En efecto, había un grupo externo que era el FAT, que asumió la representación legal con un equipo en el que se encontraban Arturo Alcalde Justiniani –padre de la actual secretaria de Gobernación, Luisa María Alcalde Luján–, Alfredo Domínguez y Pedro Villalba.

La presencia del FAT fue determinante para que el GIS, la CTM y sus “jilgueros” lanzaran una campaña de desprestigio contra los huelguistas, acusando una “agitación comunista”. Los únicos medios de comunicación que le entraron a la cobertura de las reivindicaciones obreras sin someterse a la línea patronal fueron El Independiente, periódico que dirigía Antonio Estrada Salazar, y la radiodifusora XEKS, dirigida por los hermanos Efraín y Jesús López Castro.

POR LOS CAUCES SINDICALES

Pero más allá de la discusión, el problema estaba en cómo mantener una huelga sin recursos, pues el tesorero del “sindicato charro”, Mario Gaona, se había robado el fondo de resistencia. Los obreros lo lograron con base en boteos, donaciones de las familias y pequeños comercios, la solidaridad de algunos sindicatos, destacadamente el de los ferrocarrileros, que dirigía Jesús Ruiz Tejada, El Jeringón; por debajo del agua, también apoyó el líder de la Confederación Revolucionaria de Obreros y Campesinos (CROC), Mario Enrique Morales; los sindicatos de las siderúrgicas Fundidora Monterrey y Las Truchas, así como de otros solidarios.

Una confrontación así con el poder resultaba tremenda. Sin embargo, el gobernador Eulalio Gutiérrez no se avino a la represión. Como ya había ocurrido un año antes con el movimiento de autonomía universitaria, el mandatario estatal buscaba una resolución pacífica, pero topaba con los López del Bosque que le habían cancelado cualquier comunicación.

Del otro lado, la huelga se mantenía en los cauces de la lucha obrera. Tres episodios permiten advertirlo; éstos fueron recogidos por El Coahuilense Noticias en entrevistas por separado con José Guadalupe Robledo y Salvador Alcázar:

El primero fue cuando Alcázar y Robledo fueron informados de que había un grupo de la Liga Comunista 23 de Septiembre acampando en las vías del ferrocarril. Habían repartido volantes llamando a la lucha armada y fue Robledo el encargado de convencerlos de que desistieran.

Otro ocurrió cuando dos jóvenes priistas que a la postre tendrían carrera política, José Guadalupe Zuno y Francisco Estrada Aburto, identificados con los servicios de policía política del gobierno estatal, aventaron su automóvil contra un grupo de trabajadores de la huelga que hacían guardia. Alcázar afirma que debió intervenir para que no los lincharan, pues consideró que era un acto de provocación.

El tercero sucedió en Palacio de Gobierno. La asamblea había acordado tomar el inmueble, pero el gobernador Eulalio Gutiérrez salió –solo, sin escoltas ni asistentes– a encararlos. Ahí le dijo a Alcázar que no le tomara el recinto, que él estaba ayudando a establecer el diálogo. Ante la insistencia en el acuerdo de la asamblea, el gobernador le dijo que no podía impedir que hiciera lo que necesitaba, pero que tendría que pasar por encima de él para conseguirlo. El dirigente se dio la vuelta, dijo al contingente que el gobernador los ayudaría y entonces desistieron.

Cuando el 1 de mayo, día del desfile de los trabajadores, prácticamente todos los sindicatos se solidarizaron con los obreros de Cinsa-Cifunsa. Pero las negociaciones enfrentaban la cerrazón patronal.

LA INTERVENCIÓN PRESIDENCIAL 

La culminación de la huelga se perfiló hacia finales de mayo. Los trabajadores buscaron la intervención presidencial y para conseguirla se lanzaron en caravana a San Luis Potosí con el propósito de encontrar al mandatario Luis Echeverría durante una gira de trabajo.

“A pesar de todo lo que sabemos ahora de Echeverría, yo puedo asegurar que a la huelga de Cinsa-Cifunsa la protegió. El solo hecho de no reprimirla y admitir el diálogo resultó una protección presidencial. Ahí empezó a caminar todo para que los obreros ganaran la huelga”, dice Robledo.

De las pláticas con el presidente Echeverría surgió un plan: el mandatario pidió a Alcázar y a su comité que aceptaran un 20% de incremento salarial y que al poco tiempo él decretaría un aumento de emergencia de otro 20%; la solución fue que los huelguistas obtuvieron ese 20% de aumento salarial; el pago de 70% de los salarios caídos (50% en efectivo y 20% en despensas) y 20% de aumento de emergencia decretado por el gobierno federal.

Sin embargo, la expulsión del FAT fue indispensable.

Tanto en los informes de la DFS como en los testimonios recogidos por los protagonistas existe la coincidencia de que el FAT quería prolongar el conflicto que ya estaba a punto de solución. Su retiro fue una de las condiciones para avanzar y eso no gustó a la incipiente base que tenía entre las obreras de Cinsa.

Entre los reclamos estaba la basificación de empleados que en no pocos casos llevaban años trabajando como eventuales. La basificación se acordó para todo obrero que llevara más de seis meses en la empresa. Además, se firmó un “pacto de caballeros” en el que se asentó que no habría represalias.

El pacto se incumplió. Alcázar concluyó su periodo en el sindicato y no se quiso reelegir. Estaba desgastado, difamado por el FAT y los esquiroles cetemistas. Volvió a su empleo de obrero, pero la presión lo obligó a desistir y se fue a su gimnasio, uno que había construido años antes soldando fierros para hacer aparatos de fisiculturismo.

No pudo encontrar trabajo ni hacer algún negocio hasta la siguiente década, como ocurrió también con otros dirigentes destacados de la huelga. La huelga triunfó, pero el costo para Alcázar fue demasiado alto, el sindicato desapareció y su local fue vendido años después. Para El Independiente hubo boicot comercial en los años siguientes; y entre las muchas historias derivadas de aquello, la represión sutil y silenciosa se materializó.

TE RECOMENDAMOS LEER:

Síguenos en

Versión impresa

Don't Miss