A 50 años del trenazo de Puente Moreno, así se vivió la tragedia

octubre 5, 2022
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Por Ana Castañuela

Alicia Quiroz tenía 17 años cuando, por primera vez, decidió viajar en ferrocarril. Su hermana Julia acababa de cumplir 15 años y deseaba festejarlos en Real de Catorce, una pequeña población minera en el estado de San Luis Potosí.

La noche del 3 de octubre de 1972 abordó el tren que partió de la estación de ferrocarril en Saltillo hacia Real de Catorce, en compañía de su padre Gregorio Quiroz, Julia y algunos amigos cercanos a la familia.

Llegaron al pueblo la mañana del 4 de octubre después de andar un camino de 15 kilómetros cuesta arriba, sinuoso y accidentado. Cada año, en esas mismas fechas, miles de peregrinos devotos de San Francisco de Asís recorrían ese mismo camino. 

Para cumplir sus “mandas” avanzaban de rodillas, caminando hacia atrás, o iban a pie flagelándose o cargando a otra persona, o a bordo de mulas, o caballos.

Los más pudientes viajaban en jeeps, costumbre que dio origen a las famosas “Willis”, que siguen usándose para turistas en la comunidad.

Los tres miembros de la familia Quiroz recorrieron el pueblo, visitaron el panteón, la parroquia de la Purísima Concepción y anduvieron en la “verbena” que se realiza para celebrar a San Francisco de Asís.

Estaban de regresó a Saltillo por la tarde del 5 de octubre. Iban en el tren “Regiomontano”. Sin embargo, antes de que los vagones avanzaran, el señor Quiroz ordenó a sus hijas Julia y Alicia que se bajaran, pues iban a esperar a sus amigos que se habían quedado atrás y no lograron subir. Aguardaron la llegada de un nuevo tren. Lo abordaron junto con unos mil 600 peregrinos saltillenses que también habían asistido al pueblo con motivo de la fiesta patronal de San Francisco.

Avanzó el ferrocarril y durante el camino de regreso la familia no platicaba por el cansancio, pues habían caminado unos 15 kilómetros desde el pueblo hasta la Estación Catorce.

Alicia desconocía la rapidez a la que normalmente viajaba un tren por ser su primera vez a bordo. Sin embargo, notó que iban a una velocidad que no parecía ser normal, sobre todo porque los vagones se estremecían con fuerza, provocando que el equipaje cayera al suelo.

Minutos antes de la medianoche, un estruendo anunció la tragedia. En cuestión de segundos, Alicia y los mil 600 peregrinos que regresaban en el tren quedaron atrapados en la oscuridad. El convoy se descarriló en un paraje conocido como Puente Moreno, ubicado unos 10 kilómetros antes de la estación de Saltillo. Los 22 vagones quedaron “telescopiados”: metidos unos en otros, o arriba unos de otros; dos más se incendiaron, y muchos de los pasajeros acabaron prensados entre fierros.

Los testimonios recogidos por El Coahuilense con sobrevivientes describen con detalles el horror. Iluminados apenas con alguna lámpara de mano, vieron personas mutiladas, decapitadas, aplastadas entre fierros retorcidos; recuerdan los alaridos de quienes, atrapados dentro de dos vagones, murieron calcinados.

Más de mil 600 saltillenses, como Alicia, vivieron este episodio que no sólo impactó a la ciudad, sino que se convirtió en la peor tragedia ferroviaria de la historia de México, con una cifra oficial de 234 muertos y mil 200 heridos. Esa estadística por sí sola coloca al de Puente Moreno entre los diez accidentes ferroviarios con mayor número de víctimas del mundo.

La ciudad no estaba preparada para un accidente de esa magnitud. No había recursos suficientes y los sistemas de salud colapsaron, pues Saltillo era pequeño, tenía menos de 200 mil habitantes y únicamente contaba con dos ambulancias, tres clínicas y dos pequeños hospitales. Personal médico de Monterrey, Torreón y Parras se tuvo que sumar al rescate, lo que implicó un retraso de horas para atender a las víctimas de la tragedia.

“EL HORROR”

Antonio de la Cruz, joven de 19 años, hijo de padre y abuelo ferrocarrileros, se encontraba en un evento social el 5 de octubre en Obregón, un barrio ubicado al sur de Saltillo.

Alrededor de las 12:00 de la noche escuchó en la lejanía los gritos de un hombre que pedía auxilio porque el tren de peregrinos que regresaba de Real de Catorce se había descarrilado en Puente Moreno.

Obregón era el barrio más cercano al lugar de los hechos. Antonio acudió en compañía de su compañero Mauro Mendoza para comprobar lo que el hombre decía a gritos. En el camino vieron los animales de los lugareños huyendo por las laderas de los cerros y llanos que se encuentran en torno a Puente Moreno.

Antonio y su acompañante no lograron distinguir qué era lo que había pasado, pues no había luz suficiente.

“Entre las tinieblas de la noche se confundían los llantos, los gritos, los lamentos… el horror”.

La gente estaba prensada entre los vagones telescopiados, algunos hicieron uso de sus zapatos y lograron romper las ventanillas para salir por ahí; muchos otros, inmovilizados entre fierros retorcidos, pedían ayuda. Cosas del destino, dice, escuchó el grito de su tía Goya de la Cruz, la ayudó a salir por una ventana y la colocó en una camioneta para que le brindaran atención médica.

Continuó ayudando a los heridos, entre los que logró rescatar a una niña. La imagen captada por el fotoperiodista local Héctor García Bravo dio la vuelta al mundo: Antonio de la Cruz carga a la pequeña que murió en sus brazos.

Las primeras acciones de rescate fueron con las dos ambulancias y las realizaron sobrevivientes del accidente que no sufrieron gran daño, familiares que se trasladaron como pudieron de la estación de ferrocarril donde aguardaban la llegada del convoy y estudiantes del internado de la Universidad Agraria Antonio Narro, quienes fueron los primeros en llegar debido a la cercanía del campus.

Los taxistas brindaron sus servicios de manera gratuita. La primera noche, cuenta el entonces alcalde Arturo Berrueto, la oscuridad era tan densa que la única manera de iluminar la zona que se le ocurrió fue rodear el lugar con taxis con sus faros encendidos. Los taxistas ayudaron también en el traslado de personas a los hospitales.

Durante los días posteriores, los soldadores de la zona estuvieron ahí sin paga. Sus aparejos servían para cortar, fundir, enderezar los fierros y liberar personas vivas y muertas.

El personal médico de Saltillo atendió a la mayoría de los más de mil 200 heridos en el piso de los hospitales, pues no había espacio ni material quirúrgico y de curación suficiente.

LOS MUERTOS, UNA INCÓGNITA

Cinco días posteriores al accidente de Puente Moreno algunos de los familiares de los muertos apenas asimilaban la tragedia y en seguida se enfrentaron al hecho de no tener un cuerpo para sepultar.

Arturo Berrueto era alcalde de Saltillo en 1972. En entrevista con El Coahuilense sostiene que el número real de muertos que dejó el accidente en Puente Moreno “nunca se va a conocer” con certeza. Asegura que fueron más de los 234 que determinó la Procuraduría General de la República.

Oficialmente mil 564 personas subieron con boleto, de ahí que suela tasarse en mil 600 la cantidad de viajeros. Sin embargo, explica el periodista Daniel Valdés Romo, quien ha documentado el trenazo durante los últimos 35 años, no se contabilizaron niños de brazos ni menores de edad.

Berrueto explica que las cifras difieren debido a que la procuraduría local hizo el cálculo con base en las actas de defunción: 147 fallecidos, y la PGR la estableció conforme a las indemnizaciones que se pagaron por orden presidencial. Esta última es la que quedó como la “cifra oficial”.

Fue un episodio difícil de cubrir, dice el reportero Jorge Sosa, pues los datos no fluyeron jamás; no se podía saber cuántos muertos y heridos había en ese momento.

Cuando se dio el reporte final de defunciones “ni siquiera las mismas autoridades sabían cuántas eran”.

Restos de personas, algunos sin identificar, fueron colocados en una fosa común ubicada en el Panteón de Santiago, uno de los más antiguos de la ciudad. En el lugar se realizó un acto fúnebre. Berrueto despidió a las víctimas con un mensaje ante las familias cuyos miembros no fueron localizados.

Hoy la fosa no es identificable. Alberto Alvarado, jefe de ese panteón, cree que para hacerla profunda y de manera rápida, se usó maquinaria pesada. Desde hace años, al intentar ampliar los terrenos donde supone estuvo la fosa de los peregrinos, ha encontrado restos óseos con prendas de vestir que son de muertos de “ese entonces”, con sus pantalones vaqueros y camisas de cuadros, o restos con vestidos de mujer de una sola pieza.

El periodista Jorge Sosa asegura que en colonias como Landín, Ojo de Agua y en las calles Pérez Treviño y Arteaga hubo casas que quedaron en total abandono porque familias enteras habían muerto en el accidente.

Hoy en el panteón de Santiago no hay algún vestigio que señale que en ese lugar se encuentran los cuerpos de los peregrinos, pues el área que se destinó a la fosa común comenzó a utilizarse con sepulcros nuevos.

“Esa historia fue borrada”, dice el sepulturero en jefe señalando el área donde se yergue un pirul.

LA “VERDAD HISTÓRICA”

Hasta ahora no existe una causa definitiva sobre lo ocurrido aquella noche de 1972 si bien, desde el primer momento, la tripulación fue señalada como responsable.

“La gente rodeó a la tripulación. Querían lincharlos. El gobernador Eulalio Gutiérrez intervino personalmente y pidió esperar a que la justicia cumpliera su función”, recuerda el expresidente municipal Berrueto.

Horas después, el informe oficial –una “verdad histórica”– se entregó a la prensa la mañana del 6 de octubre. Titulares como “Orgía de sexo y tequila”, informaban el 7 de octubre que la tripulación iba en estado de ebriedad.

Según los informes, el maquinista, Melchor Sánchez Echeverría; el conductor, Jesús Rocha Sánchez; el fogonero, Ignacio González García Carrizales; y los garroteros Juan Picón Alvarado y Vicente Martínez Torres (este último murió en el accidente), se habían detenido en una cantina de la Estación Vanegas, donde bebieron y subieron a la máquina a tres trabajadoras sexuales.

Aunque la versión fue ampliamente difundida, el 6 de octubre, horas después del accidente, el doctor Luis Morales, entonces director del llamado Hospital Ferrocarrilero, emitió un dictamen en el que no detectaba alcoholemia. En diferentes oportunidades, el médico saltillense habló de las presiones que recibió al más alto nivel para modificar su reporte y, por no hacerlo, fue despedido. Fallecido hace unos años, el médico es recordado por muchos de los entrevistados por su integridad.

De acuerdo con Daniel Valdés Romo, no era posible sostener la idea de la embriaguez de la tripulación. Si como se dijo, tomaron tequila en Estación Vanegas, unos 240 kilómetros antes, todavía el convoy pasó por varias estaciones como Carneros, donde advierte, pudo ocurrir el sabotaje que años después denunció el entonces director de Ferrocarriles Nacionales, Víctor Manuel Villaseñor.

La estación Carneros se ubica a unos 38 kilómetros de Saltillo. Es ahí donde inicia la pendiente en la que el tren habría alcanzado 117 kilómetros por hora hasta llegar a la curva del descarrilamiento. La velocidad máxima debía ser de 60 kilómetros por hora.

Sea por el dictamen del doctor Morales, por las acusaciones de tortura que denunció la defensa o por la falta de pruebas, la tripulación quedó en libertad pocos años después. El caso fue archivado.

El propio Valdés Romo es sobreviviente del accidente ferroviario de 1972, tenía cinco años. Al respecto, explica que la cifra de muertos debió ser mucho más elevada.

Numerosos testimonios recogidos en estos años aseguran que en las máquinas enterradas quedaron cuerpos. Años después, de acuerdo con lo acreditado por el periodista, esas máquinas fueron trasladadas a Altos Hornos de México para su fundición.

Medio siglo después las víctimas mortales son una incógnita, como también lo son las causas; las locomotoras y vagones ya no existen; los expedientes del caso y la memoria institucional de lo sucedido, está perdida en el Archivo General de la Nación.

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Ana Castañuela

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