Escala cromática

agosto 25, 2022
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Foto: Unsplash

Por José Guadalupe Martínez Valero

Me gustan los colores. De niño me recuerdo pasar horas enteras coloreando libros y más libros de distintos tópicos: de superhéroes, de series de televisión, de dinosaurios y animales prehistóricos, de luchadores o simplemente de los denominados de “actividades” que me traían, cuando se podía, de la frontera con los Estados Unidos.

Y sí, el mejor regalo que podía recibir en cualquier fecha especial además de un libro, y de un libro para iluminar, era una buena caja de colores. Pero no de cualquier marca. Habrán de disculparme, amables lectores, pero no podía recibir y rechazaba las cajas de colores “Blancanieves”, “Jungla” o similares; y en cambio las únicas que me servían y gustosamente recibía eran las “Fantasy”, “Prismacolor”, “Vividel” o los colores de cera marca “Crayola”.

Y no piensen que lo hacía por apretado, fresa o sangrón, sino porque estos últimos me resolvían un problema que yo sabía que tenía y, aunque no lo entendía, a mi modo lo resolví. Dichas marcas de colores, incluso a la fecha, tienen escrito en cada lápiz el nombre de su respectivo color; y me ayudaban a, leyendo, identificar cada uno y utilizarlos correctamente, evitando recibir comentarios como aquel que no olvido me dijo de una de mis maestras de kínder que, cuando le presenté un dibujo iluminado,obvio con colores distintos porque así yo los veía, afirmó: “¡Que interesante tu propuesta artística, José!”, creyendo entonces que me estaba halagando, cuando en realidad estaba siendo, en el mejor de los casos, sarcástica cuando no burlona e hiriente.

Siendo el problema al que me refiero, y del cual caí en la cuenta que lo tenía hasta ya bien entrado en la adolescencia, el ser daltónico; padeciendo además su servidor un tipo de daltonismo tan agudo que dependiendo de la inclinación de la luz, la intensidad de ésta y hasta la hora del día, me lleva a confundir todos los tonos, incluso los distintos tipos de azul, que se supone son los que mejor distinguimos quienes padecemos dicha anomalía.

Y a pesar de ello, como señalé al principio, no dejaba de gustarme colorear porque siento que en cada lápiz que pongo entre mis dedos, al tomar cada uno de los muchos que componen la gama cromática, y que yo tengo la fortuna de verlos como nadie, atrapo a su vez lo que estos se dice representan: el verde, la esperanza y el inmenso campo; el rojo, la sangre que es vida, así como el amor; el azul, la tranquilidad del cielo y el mar; el amarillo, riqueza y el color de muchas flores; el naranja, olor y sabor de varias de mis frutas favoritas; el café, que equivale a dos de las mejores bebidas con las que contamos para despertar y quitarnos el frío; el rosa, el color de la piel de mi abuela y mi madre; y así, hasta completar los que contiene cada caja.

Sin embargo, hay un color que me sigue generando una especie de sentimientos encontrados: el morado o marrón. ¿Por qué sentimientos encontrados? Porque a la par de ser, desde mi perspectiva, el más intenso de los “azules” y agradarme dicha intensidad, es el color de también algunas de mis frutas favoritas, como la uva; pero en sentido negativo representa a la vez el duelo, el dolor, la seriedad que durante toda Semana Santa veía en los altares o en casa cuando cubrían durante los días de guardar los espejos y hasta el aparato de televisión que tanta alegría me prodigaba.

No gustándome tampoco porque cuando alguien viene “de morado”, viene tarde, impuntual, retrasado; tarde con la solución que termina por no llegar, impuntual a su cita con la historia, retrasado ¡en todos los sentidos! Por eso el morado me gusta; y no, no, ¡lo detesto!

Hablando de cosas coloridas, también me gustan los cintos; teniéndolos por supuesto en distintos colores y de distintos tipos; desde los sobrios para ropa formal y de vestir: blancos, azules, cafés; pasando por los tejidos, los de figuras con grecas y artesanales, llenos de vida en todos los sentidos como los que se hacen en Chiapas y Oaxaca; hasta llegar a los de pita de algodón y de maguey que solo en ocasiones muy especiales llego a vestir.

Y cuando me calzo de atuendo campirano, lo único que tampoco me gusta cargar es aquello con lo que alguna vez me llegaron a corregir, haciéndome imposible de olvidar la travesura que me llevó a dicha corrección: la cuarta. Dicho correctivo, la cuarta, es ya ni siquiera para los animales, ya ni siquiera para las bestias, ya ni siquiera para los que no entienden ni usan su inteligencia. La cuarta debería desaparecer y ser tirada al basurero de la historia.

Por eso, platicando todavía de colores, me gusta la forma en que uniendo varios de estos en un rehílete, al conjuntarse todos en un círculo de movimiento infinito, cada uno se transforma en espectro multicolor.

Es decir, me gusta la transformación que se da derivado de la unidad, la única y verdadera transformación; la que mira hacia adelante, la que es por decisión personal, la transformación que te lleva a la superación y a cambiar para bien.

No la que nos regresa al pasado, la que ni siquiera es nuestra porque no depende de cada uno de los que conformamos esta vasta nación; la que nos arrastra a un despeñadero peor que cualquiera de todos los anteriores, la que nos quita el libre albedrío y quiere transformar nuestra mente para robarnos nuestra individualidad y particular forma de pensar para, poniéndonos en estado catatónico, masificarnos; evitando que podamos disentir y no permitiéndonos alcanzar mejores horizontes.

Cierto, esta última transformación unificadora en un solo pensamiento también es cambio, pero lo es como la reversa, hacia atrás, hacia atrás, hacia atrás; para llevarnos al peor de nuestros más horrorosos pasados. Por eso prefiero la otra transformación, esa que nos lleva a mejores estadíos, no la que nos obliga a citar a Cantinflas cuando decía que estábamos mejor cuando estábamos peor; la transformación de primera, no la transformación de cuarta.

Finalmente, volviendo a los colores, de los de piel me encanta el que tengo yo, el que tiene mi padre, el que tienen mis hijos, el de la gran mayoría de mis hermanos mexicanos, el color moreno, el de la virgencita que no ha hecho cosa igual a ninguna otra nación, por la que llevo su nombre, y que desde niño y hasta la fecha me sigue cuidando, el color moreno de quien día a día nos repite: “¿no estoy yo aquí, que soy tu madre?”.

Pero, ojo, no me gusta, incluso me desagrada, el color morena, ese del que se apropió la partida de ineptos y corruptos, el de la franquicia que no respeta ley alguna, el de la compra de voluntades mediante los programas sociales, el de los otros datos, el que solo ve lo que le conviene y no la realidad, el que se gasta el dinero de tus y mis impuestos en proyectos personales y que solo satisfacen el ego del que nos maldirige, el de los periodistas ya no chayoteros, sino convertidos en aplaudidores esparcenoticiasfalsas, el de la falta de medicamentos ya no digamos para los más enfermos, sino incluso elementales, el morena que ha empeorado hasta lo que creíamos imposible empeorar, el de los moneros que no saben tocar al presidente ni con el pétalo de una caricatura, el de los más del millón de muertos por pandemia, inseguridad y hambre, el que cree que gobernar significa salir a decir mentiras recicladas mañana con mañana; el color morena que en vez de pedir el voto, debería desde ya, empezar a pedir perdón…

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